El Sahara, infinitud ocre


Cuarenta grados Celsius a la sombra. No hay  viento. “Agua, quiero agua. No importa nada más”. La escasez de agua la está enloqueciendo y ya no soporta un minuto más sobre la joroba del camello. Sabe que ahora va a tener que esperar aún más y el día va a ser muy, muy, muy largo. Acaban de llegar a un campamento de los Tuaregs, Los Señores del Desierto, los Hombres Azules.

El relraz!

–           El relraz.

–         Salamalekum!

–         Alekum sala.

Y así durante media hora preguntando: ¿y tu familia? Bien ¿Y la salud de tus padres? Bien ¿Y tus hijos? Bien ¿Y el pozo? Bien ¿Y los camellos? Bien ¿Y el camino? Bien. Y después, al revés, el preguntado indagaba a su vez. Solo después de los saludos de rigor, el tono cambia e intuye que hablan de ella, por las miradas y el tono. Otra tanda de preguntas cortas y de respuestas cada vez más largas. Es evidente que el que parece el líder no entiende qué diablos hace una mujer blanca, sola, sin esposo, hermanos, tíos que la escolten, en una caravana de tuaregs. Y para colmo, no está vestida como mujer, sino a la usanza masculina. Con la túnica y pantalones índigo y parte del rostro cubierta. Cuando Akorán, le descubre la cara, se arma una gritería al descubrir su condición de mujer y su orígen occidental.

Joder…pienso, nunca pensé que ser yo, sería tan difícil y tan peligroso ¿Podré alzar los ojos? ¿Debo continuar callando?Le han advertido que no debe mirar a los ojos de sus interlocutores ni pronunciar palabra.

La monotonía de las dunas ha sido interrumpida por este pedacito verde. Casi se alegra dejar atrás la peligrosa infinitud ocre del desierto del Tenere. Casi, pues la cercanía del pozo también significa que habrá que negociar. Y los nómadas son tan peligrosos como la deshidratación, la escasez de alimentos o las contrastadas condiciones climáticas del desierto. Mientras hablan, vislumbra una tímida vegetación y ganado concentrado alrededor de un lecho de agua. Han atravezado la meseta del Tassili del Ajjer,  el macizo montañoso del Adrar de los Ifora y los antiguos cráteres del Ayr. Ahora se encuentran en el Gran Desierto, como dicen los Hombres Azules, el desierto del Tenere, donde la vida humana es un privilegio y también la muralla natural para repeler los ataques procedentes del sur. Quien interpela a Akoran la escruta de arriba abajo, deteniendose unos segundos en sus labios, su cuello, su torso, su cintura y finalmente, sus pies. El jinete desmonta su camello con soltura. Con elegancia acompaña su discurso con sus manos, largas y finas. Se palpa su orgullo. Inesperadamente, pues se encuentra a metro y medio, le coge una de sus manos y las detalla por lado y lado. Tiene el impulso de retirarla, pero una mirada imperativa de Akoran la obliga a ser dócil. El hombre sonríe al constatar que tienen ampollas y heridas, como la de los novatos en el desierto. Como todos los occidentales.

-Haka! –Shokron.

Los invita a su tienda, centro del campamento. Antes de ingresar, una mujer les alcanza un jarro de agua, para lavarse las manos y el rostro. También la mira con sorpresa pero sin agresividad. No dice nada y le toca las manos. La temperatura de color es índigo y  blanca, salpicada de uno que otro cojín púrpura y turquesa. En el centro, un gran tapete bordado donde cereales comestibles, gran cantidad de hortalizas y frutas, tomates, lechugas, calabacines rebosan cestas redondas.  Vierten un líquido verdoso de una jarra en arcilla. Sus ojos implorantes han sido elocuentes entonces. El sabor de este líquido es extraño, pero no le importa. Duele esta frescura en su interior. Y a la vez es lo más delicioso jamás probado. Como se sabe observada, se detiene y le pasa la jarra al anfitrión, que ha pasado de la insolente curiosidad a una condescendiente mirada. El toma poco, como buen anfitrión y se la pasa a Akoran. La mujer entra de nuevo en la tienda, se inclina y le brinda unas frutas extrañas acompañadas de dátiles. Su rostro parece esculpido en la roca, no deja vislumbrar ninguna emoción. Sólo en el destello de sus pupilas, se lee que no es una visitante usual y que el tratamiento de su señor tampoco.

– ¿Quieres un dátil? Es costumbre perfumar la boca primero con esta fruta, le comenta Akoran. La recibe y su agridulce sabor le calma un poco los retorcijones de su estomago, el cual no recibe alimento hace más de dos días. El hombre sigue mirándola con detenimiento y le da una fruta que parece una flor directamente en la boca. Duda, Akoran asiente con la cabeza nuevamente y la insta a obedecer. Entonces entreabre sus labios, como si nada y la recibe. Su sabor es indescriptible, entre dulce y acido y cuando se muerde, una especie de miel invade su paladar, su centro, todo. Un súbito calor la recorre toda y se sonroja. Empieza a sudar, pero sigue calma. O al menos eso intenta parecer.

-Ha, ha, ha, que cara pones!  Se exclama su compañero de ruta.

– No te preocupes, es la falta de costumbre. Es una fruta silvestre, es azufaifa. Nada te va a ocurrir. Máximo una visita a los juncos, tal vez. Pero es bueno para ti, ya verás!

Y los dos irrumpen en franca carcajada, toman su parte de fruta y también cambian de color. La mujer se acerca nuevamente y les brinda té de menta en tres diminutas tazas con enormes piedras blancas adentro. Después, sabrá que son terrones de azúcar. Después, se dará cuenta de lo privilegiados que eran, pues nunca en la primera visita brindaban tales platos. Ni nunca de entrada se rió tanto Ahar, el León del Sahara, como se llamaba el hombre del velo azul.

 

909ea-tuaregsdesierto
©Oldcivilisations.com

 

 

 

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